“El paisaje es así: una vaca, un charquito con petróleo, un caballo, una pila de envases de plástico, una manadita de gansos, un basural”.

Una crónica de La Nación recorría a fines de los ’90 las últimas zonas de Dock Sud donde se preservaba el entorno semi-rural de las quintas: “un campo con pústulas urbanas”, según lo describía la nota.

Las zonas costeras de Avellaneda, como Puerto Piojo, se vieron transformadas desde fines del siglo XIX por la instalación del Puerto de Dock Sud, la progresiva llegada de industrias al Polo Petroquímico desde los años ’30, y por la apertura de la Autopista Buenos Aires – La Plata, que trazó una frontera entre la costa y el resto del territorio, dificultando su acceso y aislándolo del reso del municipio.

“Y aquí mismo, en lo que fue alguna vez una colonia agraria -que en realidad es mucho más Villa Dominico que Dock Sud- se cultiva vid. Se hace vino patero. El sendero se derrama en una espuma verde de niebla. El vino intenso de esta zona es nombrado con respeto: Vino de la costa. Las damajuanas de cinco litros se venden a ocho pesos. Desde las casas de chapa acanalada llega el ahogo de un cuartetazo. Los viñedos y frutales crecen sobre el barro gris, sobre la tierra que no parece capaz de alimentar a nadie. Los quinteros más tradicionales son Don Sebastián, los Cereceto, los Parodi y Los Mellizos. En la quinta de Los Mellizos una mujer enmascarada con anteojos de aumento se apoya en una escoba y sonríe”.

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