Expedición I

El sábado 2 de mayo realizamos la primera expedición a Puerto Piojo, abierta a todos los que se anotaron en los días previos escribiendo a nuestro mail, después de visitar la muestra en el Espacio Contemporáneo de la Fundación  Proa.

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Los participantes llenaron las planillas con sus datos. Era una mañana fresca, y mientras esperábamos que terminaran los preparativos, recibieron los papeles de la exposición con un mapa de la zona de La Boca, Dock Sud y el Polo Petroquímico, junto a un detalle de la historia del Club Regatas Almirante Brown y un cronograma de la excursión.

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El Club Regatas navegó las aguas del Riachuelo hasta fines de los ’60, cuando la decisión de entubar el arroyo Maciel dejó sin agua su muelle ubicado en el borde de la Isla, llegando a Dock Sud. Hoy su sede sigue en pie al costado de la Autopista Buenos Aires-La Plata; y sus remeros se reúnen en busca de un nuevo lugar donde salir a navegar, mientras participan de actividades como las Expediciones, que nos llevaron a volver junto a ellos a su playa de la adolescencia y juventud, el lugar en la desembocadura del Riachuelo en donde pasaron tardes de asado y zambullidas, en uno de los últimos parajes verdes de la costa del Río de la Plata en la ciudad y sus alrededores.

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De la vereda de Proa nos acercamos al Apostadero de Prefectura, en el Riachuelo, donde subiríamos a las combis y autos que nos llevarían hasta Puerto Piojo. Pero antes, acompañamos a los remeros del Brown en las tareas de aparejamiento de un bote de remo, con el que posamos casi todos los excursionistas, antes de que fuera descendido al agua mediante el guinche manual instalado en el apostadero.

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Desde una lancha de prefectura, los remeros se acomodan en el bote que los llevará hasta Puerto Piojo.

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El doble par con timonel, cedido gentilmente por Prefectura, finalmente parte con Carolina Andreetti al timón, munida de sus cámaras de foto y video, bajo la mirada atenta del resto de los expedicionstas que, desde el muelle, los saludan deseándoles suerte y preparándose a su vez para subirse a las combis y los autos, mientras ultiman los detales de la caravana que los llevará hasta Puerto Piojo, en una ruta poco conocida para la mayoría, que pocas veces recorrieron los alrededores del Puerto de Dock Sud, por donde se proponen avanzar en hilera tras los vehículos de guía.

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Por tierra, la expedición avanza desde la Vuelta de Rocha al Puente Avellaneda y, ya en provincia, hace un desvío de un par de cuadras   desde la Avenida Sargento Ponce hasta la antigua sede del Club Brown en las calles Figueroa y Manuel Estévez, donde se conservan algunas instalaciones, y el viejo murallón de donde se desprendía la rampa para botes, a la orilla del arroyo Maciel, hoy conservado bajo la calle y la autopista.

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La caravana prosigue enfilando por la Avenida Solís, junto la Dársena de Dock Sud, recorriendo hasta el fondo la zona de depósitos, almacenes y carrocerías portuarias, rumbo a la calle Suárez, donde se podría regresar ya del otro lado, volver hacia el RIachuelo rumbo a las oficinas de la Prefectura, primera parada del recorrido, desde donde el camino seguiría a pie.

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Solo uno de los diez vehículos perdió el rumbo poco después de cruzar el Riachuelo, por lo que debió recibir las indicaciones por teléfono mientras llegábamos a destino, lo cual también logró no mucho más tarde, justo a tiempo para el recibimiento que nos dedicara el Oficial de la Prefectura, ya avisado de nuestra visita, por la que se mostró entusiasmado y contento en nombre de toda la Fuerza por nuestro interés en visitar una zona con paisajes tan agradables, al tiempo que nos daba las recomendaciones de seguridad y nos deseaba un buen paseo, y recibía un aplauso de agradecimiento.

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Emprendimos la caminata, entonces, bajo un sol templado. Habíamos dejado atrás las casas de Villa Inflamable, e ingresado a los caminos despoblados del Polo Petroquímico.  En los predios de las refinerías y los almacenes de gas y petróleo, llenos de grandes tanques abombados, se alineaban tuberías sumergidas en la tierra, asomadas entre pajonales y playones de camiones cisterna, sin mucho movimiento de vehiculos o personas, salvo algún perro recién salido o a punto de internarse en la vegetación.

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A cada paso, los remeros del Brown sacaban a relucir historias de sus tiempos de paseos en bote, y constataban los cambios en una zona casi inaccesible al público desde mediados de los años ’70, cuando la recorrieran alguna vez, llegando a pie desde Dock Sur, entre los campos de arbustos que ahora atravesábamos, todavía más vírgenes, y sin la expansión de las industrias de combustibles, que ya existían, pero habían aumentado desde entonces.

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Hacia el final, tras cruzar un enorme descampado, enfilamos hacia el ingreso al área de los muelles, junto a la Dársena Inflamable, la zona de descarga de combustibles, conectada mediante ductos a los tanques de las plantas, desde donde tomaríamos el camino que se desvía hacia un costado, y conduce al área costera del Río de la Plata, el frente de arena sin ocupar conocido desde siempre como Puerto Piojo, nuestro destino final.

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Pero llegamos a un impasse, frente al ingreso a los muelles, una espera obligada mientras los oficiales de seguridad hacían averiguaciones, sin noticias de nuestra llegada, al parecer, poco dispuestos a dejar pasar a un grupo de visitantes por ese útimo tramo antes del río, mientras nos deteníamos, y algunos de los visitantes hacían croquis del paisaje tubular, bajo un cielo despejado, y otros reconstruían mentalmente el trayecto realizado, para situarse en el mapa sin referencias de una porción de la ciudad desconocida para todos.

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Pudimos pasar, finalmente, aunque ya no podríamos avanzar hacia el destino previsto. La playa de Puerto Piojo, al parecer, o mejor dicho, su camino de acceso, requería algún aviso previo que no habíamos realizado, sin estar al tanto, y deberíamos postergarla, aunque pudimos caminar unos metros más, por el ingreso al sector de los muelles, el acceso al Polo desde el río en su zona de confluencia con el Riachuelo, en la desembocadura a la que llaman Cuatro Bocas, frente a la ciudad, de la que llegaban a verse las torres del centro y Puerto Madero, y las chimeneas de la Central Costanera, los buques estacionados a los costados de la Isla de Marchi, los astilleros de Tandanor, el rompehielos Irizar en reparación.

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Desde los muelles, hacia el oeste, por el Riachuelo, alcanzamos a ver las siluetas de los puentes que unen la ciudad y Avellaneda; hacia el este, una porción del río abierto trazaba la línea del horizonte, interrumpido por la perspectiva, y era apenas una muestra apenas de la panorámica de Puerto Piojo, su playa a unos centenares de metros, a la que ese día deberíamos dejar pasar.

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Pero allí nos esperaban los remeros. Habían llegado desde Vuelta de Rocha mucho antes que nosotros, y habían tenido tiempo de seguir avanzando hasta la desembocadura y más alla, hasta Puerto Piojo, como hacían los socios del Brown hasta los años ’70.

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Incluso descendieron en la playa, nos contarían después, y descansaron un rato en la orilla, antes de volver.

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Desde los muelles, repetimos el saludo a los remeros y nos despedimos, luego de verlos partir nuevamente rumbo a La Boca, adonde también nosotros comenzamos el regreso.

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Habíamos cumplido casi todo el cronograma de la visita, y cundía el interés, ahora más que nunca, por llegar a conocer la playa de Puerto Piojo, mientras caminábamos de regreso y surgían las primeras especulaciones: ¿cuándo volveríamos?

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