Expediciones de Puerto Piojo a Puerto Piojo

(Va esta crónica en agradecimiento a los museos de White, por la invitación a conocerlos, por las charlas, y por tanta inspiración para nuestras Expediciones…)

En Ingeniero White hay un Puerto Piojo. No lo sabíamos cuando empezamos con las Expediciones…. Lo descubrimos poco después leyendo un poema de Sergio Raimondi donde se describía “la estela fugitiva que la lancha de los pescadores / dibuja al alejarse hacia las islas mientras el sol / cae…”.

White es un puerto industrial. Es el puerto de Bahía Blanca desde fines del siglo XIX, y uno de los más importante del país: un centro de exportación de cereales, que en las últimas décadas sumó un gigantesco Polo Petroquímico.

Pero, ¿quién había bautizado a su Puerto Piojo? ¿Estaría relacionado con el Puerto de Dock Sud? ¿Sabrían en White de su existencia?

Hace unos días fuimos a Ingeniero White con las Expediciones… a conocerlo. Nos habían invitado los encargados del Museo del Puerto y de Ferrowhite, los dos espacios de la ciudad donde se muestra su historia portuaria y ferroviaria, recuperada con el amor de los archivistas contadores de historias.

Fue un día de charlas y caminatas bajo la lluvia, en el que nos acompañaron artistas y organizadores de la Bienal de Bahía Blanca, desde el salón del Museo hasta los galpones del puerto y el viejo muelle de pescadores.

Más tarde, terminamos comiendo choripanes bajo un pabellón de la Usina Eléctrica en el Museo Ferrowhite, en su explanada con vista a la ría y la infraestructura portuaria, por donde bajamos al banco de arena a recolectar piezas del pasado industrial.

¿Cómo era el Puerto Piojo de White? Sobre esos temas nos hablaron los vecinos invitados por el Museo del Puerto, mientras tomábamos un café. Estaban Cristina Leiva, Marga Marzocca y Silverio Mazzella, junto a integrantes del Museo, Leandro Beier y Lucía Bianco, entre otros.

Nos contaron de White en tiempos de actividad, cuando las calles se llenaban de obreros salidos de la estiba para meterse en la cantinas, en turnos continuos que mantenían en movimiento a la ciudad.

Puerto Piojo era una porción reducida de ese mundo; un muelle de pesca artesanal rodeado, cada vez más, por la actividad del puerto industrial, con su polo ferroviario y su logística para el transporte de granos y su carga rumbo a altamar.

En ese lugar se mantuvieron, hasta hace unos años, rasgos de un puerto antiguo, con sus lanchas de madera amarradas a un muelle público, y la venta de pescado fresco en cajones para tentar a quienes salían a pasear.

Los cambios traidos por la modernización fueron un tema recurrente en las charlas.

Cristina Leiva ya era grande cuando descubrió el mar. Le pasó como a muchos en la zona. Recién cuando se casó con un pescador italiano, aprendió con él las recetas y el gusto por el pescado, que antes no tenía. Ella se define como criolla: “Nosotros no estábamos acostumbrados a vivir del mar, somos del campo. En cambio, los hijos de los pescadores italianos comían pescado y conocían el sacrificio de la vida del pescador.”

“Cuando regresaban las lanchas era una fiesta. Traían palometas de regalo para los amigos, corvinas…”.

“Y recalaban en Puerto Piojo. Más allá, se rendían los ‘músculos’, se hervían y preparaban con ajo, perejil y pan rallado. Y después estaba el cornalito, que se servía frito en las cantinas, con la cerveza. Y los palenqueros bajaban con las canastas tipo balanza y lo vendían por la calle”.

Cristina nos regaló un aguja para el Museo Puerto Piojo; un instrumento fundamental porque con ella los pescadores “tejían metros y metros de red; y antes encima era hilo de algodón, a veces lo desintegraba el agua salada o el agua viva”.

A Marga Marzocca la presentaron como una gran cocinera de las cantinas de White. Su madre había venido de Molfetta, Italia, y cuando llegó a La Boca eran todas calles de tierra. Siempre se acordaba de aquella primera impresión, su madre se había parado y al ver el paisaje y siempre se acordaba de ese momento diciendo: “¿Qué es esto? ¿Dónde llegué? Quisiera haber sido pájaro para volver”.

Su familia estuvo ligada a la historia del puerto de Buenos Aires. Su padre era de Italia y trabajaba en la descarga de carbón. Pero con el tiempo abrieron una fonda para servirles comidas a la gente de la estiba en la calle Necochea. Y les fue bien, al punto que años más tarde su familia construyó la famosa cantina Spadavecchia.

Su padre en un momento decidió venir a probar suerte con la pesca en White. Y terminó de estibador capataz. Pero siempre decía, “Cuando venga la pala mecánica se termina la mano de obra. Una gran verdad…”.

Cristina nos contó cómo “Cuando era chica había dos cines en White, para que se den una idea, el Continental y el Jockey Club”. Los cambios y el contraste con la actualidad eran el tema de la charla: “En la Sociedad Italiana había canto lírico. Podía haber hasta dos mil personas dando vueltas por la calle. Cargaban bolsas, estaban las bodegas, los trenes… Había mucho trabajo y vida social. En las cantinas Zingarella y Miguelito había comida pero también diversión. Y venían artistas desde Buenos Aires. Acá estuvieron Mirtha Legrand, Graciela Borges…”.

Marga y su familia mantuvieron la relación con los parientes de La Boca; iban en tren hasta Constitución, se tomaban un taxi y les llevaban huevos, conejos, verduras frescas de White a sus parientes. (Tal vez por eso, cuando recuerda las calles de White, Marga pronuncia ‘Bron’ para decir Brown, igual como lo hacen todavía los viejos vecinos de La Boca cuando hablan de su puente de hierro).

Marga nos dejó una botella de salsa de tomate preparada con la receta de su mamá.

Después del café empezamos la caminata. Fue corta. En seguida llegamos a la entrada del perímetro del puerto, cruzamos la casilla de vigilancia y avanzamos por una calle arbolada con depósitos a los costados. Las torres y los elevadores de granos cubrían el cielo, y alguien se acordó de los poemas de Raimondi.

Silverio iba hablando de su tiempo de pescador. Nos rodeaban las lanchas del “cementerio”; ya estábamos en Puerto Piojo, un muelle en forma de dique donde se superponen lanchas amarradas y otras amontonadas en tierra.

Cuando le preguntamos por su lancha, Silverio seguía entusiasmado pero nos la señaló sin ganas, entre otras más adelante: “No quiero ni verla, me hace mal”.

El casco se veía partido en la proa, con tablas arrancadas quizás por un choque, como todas las demás, astilladas o torcidas, con aspecto agotado.

Silverio no tenía una visión tan pesimista. Las lanchas esperan la reconversión o el desguace. “El progreso fue matando al pescador”, nos dijo. La pesca cada vez se retiró más de la costa. Ahora, a lo mejor se puede seguir saliendo si se recibe ayuda de la corporación que maneja el Puerto. Es una asociación privada-estatal. Les ayuda a comprar el combustible a las lanchas que todavía quedan trabajando. Una especie de compensación. Pero Silverio parece dispuesto a aceptar el cambio de época. Piensa en vender su permiso de pesca, quizás valga más que la lancha misma, dice.

Hace cincuenta años Silverio trabajaba en ebanistería, en una fábrica de muebles. Tenía dieciséis años y un pariente lo llamó para salir en una lancha. En esos días ganó diez veces más que en su otro puesto. Todavía era chico pero nunca abandonó la pesca; hoy quedan tres lanchas en funcionamiento, pero en esos tiempos había cincuenta, todas numeradas… Se pescaban mil cajones de corvina, y ahora hay que ir mucho más lejos y se consigue la décima parte.

Cuando volvemos, Silverio nos regala una red de pesca. La extiende mientras nos cuenta de los lobos marinos, y de su hermano, más tierno, dijo, porque le gustaba darles de comer, mientras él los hubiera perseguido, si hubiera podido, y matado; tanto lo hacían llorar cuando le rompían las redes, sin que pudieran hacer nada, salvo ir a buscarlas y encontrarlas agujereadas, sin pescados.

A la vuelta, en el Museo pasamos por una sala con un retablo para la figura de San Silverio, el santo de los pescadores. La estampa está rodeada de artículos portuarios. Y mientras la observamos se escucha de fondo la grabación de un vecino de White que recuerda de memoria el nombre de las lanchas del puerto, las cincuenta de las que hablaba Silverio.

La Vieja Usina…

Después seguimos la marcha rumbo a nuestra última parada, el Museo Ferrowhite. Mientras el Museo del Puerto funciona en un chalecito reciclado, con porche de madera, el Ferrowhite está instalado en el predio de la Vieja Usina Eléctrica San Martín, un edificio del tamaño de una catedral, y torres de defensa, que se divisa desde la ruta por la que nos acercamos caminando.

Nos esperan con una parrilla y choripanes. Hay vecinos y gente del museo en las mesas bajo un alero del edificio, un espacio abierto al paisaje de la bahía. Se ve, del otro lado, la Nueva Usina, construida con los planos y el apoyo de la Unión Soviética en los años de la Dictadura.

Mientras comemos, Nicolás Testoni, del Ferrowhite, cuenta la historia de la Rambla de Arrieta, el intendente socialista que en los años ‘30 tuvo la idea de construir un balneario en este mismo lugar.

Al final no se hizo, pero encontraron los planos dibujados por él mismo en el archivo municipal, con su bajada a la ría, un muelle y un espigón para pasear mirando el mar.

Desde donde estamos se ven elevadores de granos, la nueva usina con su aire a una película de Tarkovski, silos y barcos oxidados hundidos en la arena. Guillermo Beluzo, del Museo, cuenta de un viaje en lancha. Van a ir a explorar las islas de la ría. Son pastizales de cientos de hectáreas, dice, medio olvidadas, algunas fueron construidas con relleno producido por las obras del puerto, y casi nadie las visita, están ahí, simplemente.  

Más tarde bajamos al cangrejal, el lodo de la orilla donde se hunde la gente, a veces sin poder salir. Avanzamos frente a un muelle oxidado y gigantesco. Era el sostén de los elevadores de granos demolidos en los ‘80, unas construcciones gigantescas, que según cuentan fueron elogiadas alguna vez por Gropius.

Se ve a lo lejos un buque cargando cereales, una nube de polvillo se levanta mientras se llena la bodega.

Mientras avanzamos por la arena, somos una caravana de curiosos. Seguimos la invitación del Museo. Levantamos piezas, hacemos arqueología portuaria. Hay cabos de amarre, pedazos de botes, alguna tuerca cubierta de óxido negro.

Terminamos acurrucados bajo los hierros del antiguo muelle, una carcaza comida por el agua y la arena, que parece disolverse lentamente en el aire.

“Esta era una zona de tamariscales”, dice Cacho, un vecino de White, cuando volvemos a la orilla. La Usina dejó de funcionar en 1988. Y para darnos una idea de cómo cambió el paisaje nos habla de sus paseos con amigos cuando venían a jugar a la playa: “En los 60’ los coches eran naves espaciales. Ir a Monte Hermoso era como ir a África”.

En cuanto a Puerto Piojo, nos fuimos pensando en los nombres desperdigados en los mapas. De Dock Sud, Avellaneda, a Ingeniero White, estos nombres habían bautizado espacios distintos pero unidos por la misma fragilidad. La de porciones de una orilla cada vez más asediada por el crecimiento de un puerto, ya sin espacio para playas populares o muelles de pesca artesanal.

¿Quiénes les habían dado su nombre? Marinos, seguramente. ¿Pero hubo un Puerto Piojo original, tomado de ejemplo por otros viajeros, que llevaron su nombre a sus nuevos destinos? ¿O fue una coincidencia derivada del uso de una misma lengua o jerga compartida por los marineros, quizás una manera entre muchas otras de nombrar los puntos de amarre más apartados en una zona costera? ¿Y, entonces, habrá otros Puerto Piojos, en otras partes del mundo? ¿Habrán sido dispuestos como boyas para señalar el camino hacia un puerto distinto, que todavía no descubrimos? ¿Cuál es la clave detrás de la red que empezamos a vislumbrar? Y si no la hay, de todas maneras, ¿qué están indicando los Puertos Piojos con su presencia? ¿O qué podrían indicar?

 

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Un comentario en “Expediciones de Puerto Piojo a Puerto Piojo”

  1. Al puerto de Malpica de Bergantiños en A Coruña-Galicia-España se le llama Puerto Piojo( Porto Piollo). No sé de ninguno más. Malpica es un pequeño pueblo marinero de unos 500 años de antigüedad.

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