Una caminata por la Isla Maciel

El sábado 16 de diciembre partimos hacia la Isla Maciel. Íbamos por la impresión, un poco vergonzosa, de no saber dónde queda. O de sentirla, todavía, un territorio difuso, conocido apenas de oídas, a pesar de ser porteños y vivir frente a ella.

Por eso armamos una caminata con el Colectivo Ribereño. Queríamos ver nuestra ciudad desde el otro lado del Riachuelo. Queríamos llegar hasta la Isla caminando desde Buenos Aires y pasear por esas otras márgenes para ver adónde va el Transbordador, ese armatoste de hierro abandonado en la orilla del río desde hace tantos años.

La cita era en la base del Transborador, en La Boca. El día estaba nublado y se anunciaban tormentas.

En la Isla nos esperaban los integrantes del Museo Comunitario de Maciel y los del Festival Foto Documental, con quienes terminamos descubriendo mucho más de lo que esperábamos.

Desde la base junto al río, avanzamos rumbo a la cabecera del otro puente, el Avellaneda, ubicado unos metros adelante. A nuestro lado, desde el amarradero, el bote a remo hacía el cruce entre las dos orillas. Un mural pintado sobre el borde costero nos daba una bienvenida a la distancia: “La Famosa Isla Maciel”, estampada en letras enormes como una firma y una advertencia.

A la maciza estructura del puente Avellaneda entramos seguidos por la mirada no muy atenta de sus guardias, y subimos los dos pisos de escaleras mecánicas. Desde el túnel techado se llegaban a ver porciones de una vista panorámica, en los resquicios de la bóveda de acrílico, o a través de las aberturas donde había sido arrancada; arrancada tal vez para hacer eso mismo que hacíamos nosotros: echar un vistazo.

 

El río desde lo alto se veía rodeado de la infraestructura portuaria. O de sus restos: galpones abandonados y antiguos depósitos, en la margen de la ciudad, rodeados de barcos decrépitos amontonados más adelante junto a un canal. En Avellaneda asomaba el playón de containers, con su hilera de grúas elevadas sobre los edificios, y más allá los tanques del Polo Petroquímico.

Parados frente a la cobertura de acrílico llegábamos a ver el Riachuelo en su desembocadura, y al fondo el horizonte abierto del Río de la Plata, el límite de la ciudad donde se confundían el marrón del agua y el cielo gris.

Ya en la Isla nos esperaban Carla Fodor y los demás integrantes del Museo Comunitario. Carla es la Directora de la Escuela Secundaria N° 24 de la Isla Maciel. Ella nos dio la bienvenida y nos presentó el proyecto del Museo, un espacio creado por vecinos y docentes para recuperar la historia del barrio, e inventar formas de abrirlo a visitantes y curiosos.

Fue el principio de una caminata donde Carla y sus compañeros no dejaron de transmitir amor por la Isla, por su gente y por las calles y edificios donde se preserva parte de su historia, que también es la de Buenos Aires.

Carla habló de la Isla y su pasado industrial; de sus astilleros y fábricas, de los puentes construidos para trasladar a los trabajadores que llegaban en masa en los tiempos de auge de la zona a principios del siglo XX, cuando el puerto atraía a marineros y trabajadores de todas partes del mundo.

Habló también de antiguos conventillos, muchos todavía en pie en la Isla, levantados con el mismo estilo de construcción de los famosos de la Boca, con sus estructuras de madera y chapa acanalada, pintada de colores, y levantados con el oficio de los fabricantes de barcos en los astilleros del barrio.

También, contó cómo el barrio con el tiempo se fue asociando a sus cantinas y prostíbulos, y a sus salones de tango, como pasó en tantas zonas portuarias del mundo; la Maciel se volvió un lugar de entretenimiento nocturno para muchos hombres, y todavía es recordada así.

Las crisis sociales la fueron marginando todavía más, a medida que se desactivaba la economía del puerto, antes de ser trasladado, y los años de desempleo siguieron afectándola.

Así empezamos la recorrida, mientras los integrantes del Museo hablaban de sus charlas con vecinos para compilar recuerdos de su pasado reciente, junto a fotos y objetos que expresan su historia. Dos chicxs del Museo, acompañaban a una de las visitantes y le traducían la charla al inglés.

En la esquina, apenas salidos de la cabecera del Puente, pasamos frente a una antigua casona, de las más elegantes de la isla, con estilo francés, de las pocas levantada en cemento con balcones y molduras.

Estábamos junto a la otra base del Transbordador, con su estructura de hierro recién restaurada, según nos contaron. Hacia allá nos dirigimos para pararnos junto al río y quedarnos observando la ciudad del otro lado, justo enfrente de dónde habíamos salido.

Empezaba a llover, y amontonados bajo los paraguas y pilotos decidimos seguir avanzando, mientras en la baranda de cemento sobre la orilla resistían bajo el agua las fotos del Festival pegadas por los organizadores de remeras naranjas, que recorrían la isla ese sábado: eran escenas de plantas y arbustos creciendo entre las baldozas y las piedras de la orilla, tomadas por alumnos de un taller del barrio, según la consigna de buscar señales de la naturaleza floreciendo en el Riachuelo.

Por el Camino de la Ribera doblamos para ingresar a las calles de la Isla con su aire a pueblo de casas bajas, entre restos de empedrado y veredas angostas.

En muchas de las fachadas se percibía una historia común, las mismas técnicas de construcción, el trabajo artesanal de la chapa y la madera.

Como en La Boca, muchas se veían necesitadas de arreglos y mejoras, en un barrio con cuentas pendientes en el cuidado y la inversión pública a la vista. Pero donde también se podían ver frentes elegantes, con sus ensambles de colores desparejos como parches calculados como en un colláge.

Con la gente del Museo avanzamos por la calle Rivas, a lo largo de un enorme paredón lateral de un antiguo astillero, donde se veían dibujos a medio hacer, y tramos de pintura fresca, con artistas guarecidos de la lluvia, entre pinceles y rociadores. Eran pintores de otro proyecto del barrio, Pintó la Isla, convocados por un docente de la escuela secundaria y chicos del barrio, que empezaron a impulsar los murales en los frentes de sus casas.

Gerardo Montes de Oca, el iniciador del proyecto, nos contó sobre los más de 200 murales que llevan pintados, por artistas invitados de Maciel y otras partes de Argentina y el mundo, y cómo la necesidad de pedir permiso, al principio, para usar los frentes de las casas, se convirtió en una lista de espera, con vecinos que ahora reclaman cuándo van a usar sus casas como lienzos.

Seguía lloviendo cada vez más fuerte. Las bandejas de sonido ambientaban todavía el trabajo de los artistas, y nuestra Expedición decidió seguir viaje y refugiarse en el Museo.

Así nos abrieron las puertas del edificio abandonado cedido por la Muncipalidad, que los integrantes del Museo restauraron, hasta convertirlo en un salón para charlas y talleres, con aulas compartidas con la Escuela Secundaria, y un espacio de exhibiciones donde se instaló la colección del Museo.

Nos quedamos mirando fotos del barrio, montadas en las paredes, entre archivos personales, colecciones de fotógrafos y el trabajo de los talleres para chicos, donde se veían las caras de sus vecinos, en tomas de conventillos y panorámicas por encima de los techos, y donde se llegaba a ver el río repleto de lanchones y buques, cuando todavía funcionaba el puerto.

La muestra reunía épocas, desde una antigua cantina con sus ventanales de madera y parroquianos asomados a la calle, hasta fotos del Riachuelo en sus peores momentos, tapado de basura y reflejos de aceite en el agua.

Mientras nos hablababan de sus planes de ampliar el Museo, sus organizadores también nos contaron de las visitas guiadas muchos fines de semana, como los que habían hecho ese día con un grupo de estudiantes extranjeros, para recorrer el barrio y la zona de murales.

Para el final de la caminata, salimos desde el Museo otra vez hacia la orilla, a una explanada sobre el agua, cubierta de pasto, bajo las enormes grúas del puerto, hoy desactivadas, desde donde el Riachuelo se alcanzaba a ver internándose hacia el sur en la ciudad, entre barracas y tinglados, y al fondo el Puente Ferroviario azul, con su estructura levadiza de hierro como salida de un Mecano.

En la orilla nos quedamos de nuevo mirando el río. El cielo empezaba a despejarse, y parecíamos los únicos en las dos márgenes con intenciones de caminar. Alguien recordó el paisaje de ese rincón hace algunos años, cuando todavía era un cementerio de barcos amontonados sobre el barro, esperando el desguace demorado por décadas.

Para volver ingresamos de nuevo a las calles de Maciel; desde la plaza arbolada en el centro de la Isla, se alcanzaba a ver la estructura del Transbordador sobresaliendo sobre los techos de las casas.

Nos acompañaba en este tramo un patrullero de la policía, dispuesto por el Municipio de Avellaneda, como medida de seguridad para el Festival, en un barrio con fama de peligroso, en una escena que no dejaba de despertar risas burlonas entre chicos que pasaban caminando y nos miraban haciendo turismo con guardaespaldas, listos para salir corriendo, como habrán pensado.

Pero seguimos caminando. Unas cuadras abajo por la calle Montaña se oían los tambores de un grupo de candombe que avanzaba a paso lento, entre banderas celestes y negras, los colores de San Telmo, el club del barrio.

Volvimos por el costado de la Isla, bajo el paso de la Autopista a La Plata, que es uno de sus límites, más allá del cual se extiende la terminal de contenedores de Exolgoan. En las columnas de cemento y el paredón se habían montado otras fotos: en esta parte, imágenes de fotoreporteros en barrios de distintos lugares del mundo.

Ya de regreso en la orilla, encontramos al Transbordador funcionando.

Era inverosímil. La canasta metálica se deslizaba lentamente sobre el agua con unas veinte personas inclinadas sobre las barandas, todas asombradas, con la vista fija a intervalos en el agua bajo sus pies y algún punto de las orillas, sorpresivamente en movimiento.

No pasaba desde hacía más de cincuenta años. Como charlamos en el momento, el Transbordador había quedado abandonado en los años ‘60, con las máquinas rotas, adoptado como postal nostálgica de la Buenos Aires portuaria ya casi desaparecida.

Esa tarde era una reinauguración. Sin actos ni autoridades, por algún motivo. Era una función especial del Puente Transbordador recuperado, para unos pocos vecinos del barrio llegados casi de casualidad.  

(Hace unos años el Estado Nacional empezó a recuperar el Puente, tras reclamos de los vecinos de la zona, y un juicio donde lo condenaron a limpiar el Riachuelo, primero, y también a conservar su patrimonio industrial. Pero cuando las obras estuvieron listas, a fines del año pasado, la presentación terminó en un escándolo: los actos oficiales se hicieron solo desde el lado de la Capital; el carrito mecánico avanzó hasta la mitad del río y dio marcha atrás; los vecinos de Avellaneda se quedaron mirando sin participar; el Puente volvió a quedar cerrado, sin más explicaciones, etc.).

Ahí estábamos, entonces, esa tarde, viendo cruzar el Puente Transbordador de un lado al otro del Riachuelo por primera vez desde los años ‘60.

Otra vez en la orilla de Buenos Aires nos quedamos charlando. Era el final de nuestra Caminata.

Carla Fodor, Jorge Iquis y Horacio Vagnasco, entre otros integrantes del Museo Comunitario Isla Maciel.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s