Crónica de la Expedición VIII, la Interrumpida.

Al final, la suspendimos.

El sábado 1 de septiembre íbamos a volver a Puerto Piojo. Pero a último momento nos enteramos de que no íbamos a tener los permisos necesarios para ingresar al área portuaria de Dock Sud, supervisada por la Prefectura Nacional.

Sin la autorización no podíamos atravesar el camino que bordea la Dársena de Inflamables y el muelle propanero, algo imprescindible para llegar hasta la bajada en la orilla del Río de la Plata, desde donde se extiende la playa de Puerto Piojo.

Como siempre, íbamos a llegar en autos y un micro hasta el Destacamento de Prefectura. E iban a llegar remando por el Riachuelo las embarcaciones del Club de Regatas Almirante Brown, entre kayaks y dobles pares, con las cuáles nos encontraríamos en el muelle cedido en préstamo de cortesía por una empresa naviera, antes de enfilar hacia la playa.

Con los remeros del CRAB venimos organizando las visitas desde 2015. Fueron ellos quienes nos contaron las primeras historias de Puerto Piojo, y con quienes, finalmente, terminamos por volver a esa playa que llevaba décadas sin visitarse, rodeada ya casi por completo por el avance del Polo Petroquímico, y su despliegue logístico de carga y descarga de combustibles.

Perdida en el fondo de las refinerías, más allá de las hileras de tanques subsistía, y subsiste hasta hoy, la playa que marca el inicio del frente costero de Buenos Aires y se extiende hacia el sur rumbo a Sarandí, Bernal y más allá.

Desde esa primera vez, volvimos muchas veces. Fuimos con los remeros a recuperar la historia de ese antiguo balneario popular, la “Piojo’s Beach” de la que nos hablaban y que tardamos tanto tiempo en dar por cierta. Fuimos con biólogos y arqueólogos, con quienes nos detuvimos en los indicios dispersos en el paisaje, las marcas de su biodiversidad y su pasado portuario-industrial. Y, sobre todo, volvimos con quienes se anotaron en cada convocatoria abierta para ir a conocer, y registrar, esa que empezamos a llamar “la última playa” de Buenos Aires.

Cada vez volvíamos con diversos materiales encontrados, desde piezas de utilería marítima hasta restos de animales, piedras, pedazos de madera y una colección interminable de fragmentos de plástico, casi siempre diseminados por la playa, o semi-enterrados, según cómo hubieran estado las mareas y el tiempo en las horas anteriores a nuestra llegada.

Pero las imágenes más precisas de Puerto Piojo eran las del camino que realizábamos cada vez para llegar hasta los bordes del río, una carrera de obstáculos, o un laberinto que debíamos sortear mientras nos internábamos en el centro de operaciones de Dock Sud, más allá del cual se extiende el horizonte perdiéndose, por fin, fuera de nuestro alcance.

La primera vez que organizamos una visita colectiva, de hecho, llegamos hasta el ingreso al muelle propanero, con sus tuberías en forma de arco triunfal elevadas por encima de nuestras cabezas. Pero aunque teníamos todos los permisos listos, y ya habíamos sido recibidos por las autoridades en el puesto de control anterior, fuimos rechazados por un último pedido formal que no había sido presentado con el anticipo necesario.

Esa vez nos volvimos, y empezamos a comprender que además de la distancia, y de la infraestructura portuaria, nos separaba de Puerto Piojo toda una capa de formalismos y burocracias dispuestos para mantener a raya a quienes quisieran acercársele. Era, todavía, un espacio de acceso público, como lo son, legalmente y en teoría, todas las costas de los lagos y ríos según nuestro Código Civil. Pero no iba a ser tan fácil.

Aquella vez lo logramos. Después de volver a presentar nuestros papeles y pedidos, pudimos completar la Expedición y pasear por la orilla del río. Y volvimos a hacerlo unas siete veces desde entonces.

Pero el paso se cerró de nuevo en este último intento. Como siempre, varias semanas antes de la fecha propuesta, se inició el intercambio de notas entre el CRAB, que se ocupó de las presentaciones escritas, y las diversas autoridades a cargo de la seguridad del área, entre quienes se incluían, además de Prefectura, los encargados del Puerto, los Bomberos y la empresa que solía facilitar su muelle, todos reunidos en una misma cadena de solicitudes y respuestas, entre sellos y aclaraciones, que fueron acumulándose con el paso de los días.

Roberto Naone, Capitán Incansable del CRAB, escribió e hizo llegar las notas a los respectivos despachos. Como siempre, tendió lazos de cordialidad con las autoridades correspondientes. Y esta vez lo hizo según una serie de instrucciones reunidas por Carolina Andreetti y Juliana Ceci de las Expediciones a Puerto Piojo, que redactaron un breve resumen de los pasos necesarios para autorizar una visita a la playa, una breve guía que da una idea de los desafíos a los que se enfrentaba la Expedición.

Estuvimos cerca esta vez, pero no lo logramos. Ya teníamos la lista de participantes, y les habíamos dejado una copia a cada organismo del área. Habíamos reservado un micro. E invitado a un gran grupo de amigos y curiosos, artistas y exploradores de los borde de la ciudad.

El CRAB, además, había solicitado permiso para nevegar el Riachuelo con sus botes más allá de Vuelta de Rocha, su zona de actividades habitual. Incluso, había hecho un pedido especial por esta ocasión a un Club amigo, el también legendario Club de Regatas de Avellaneda, que había accedido a entregarle en préstamo el “Luna de Avellaneda”, su bote doble par con timonel, que ya no usa, desde hace años, cuando el Avellaneda decidió dar de baja la actividad náutica en la que habían sido pioneros junto al CRAB a principios del siglo XX.

Estaba todo listo para el Sábado 1. Pero unos días antes empezaron a llegar las noticias dudosas. Primero fue el muelle facilitado por una empresa para amarrar los botes del CRAB cerca de Puerto Piojo; el préstamo fue retirado abruptamente. Después de algunas idas y vueltas, la última firma necesaria para autorizar la Expedición, proveniente de la Prefectura, tampocó llegó.

La reunión 800 del CRAB estaba programada para el jueves 30. Esa noche fuimos hasta el Club Zárate, ubicado en Caminito, junto al Samovar de Rasputín, donde Naone nos contó las últimas novedades y decidimos, finalmente, suspender la caminata.

Después de analizar el estado de nuestra travesía, propusimos seguir adelante con nuevas expediciones. Anotamos ideas diversas, como una visita al torreón de un famoso escultor de Barracas, cuya familia aún habita el que fuera su taller ubicado a orillas delRiachuelo, sobre uno de sus antiguos puentes. También, hubo propuestas de volver a recorrer las orillas de la Costanera Sur, y revisar la historia de aquel supuesto espacio natural “fabricado”, en realidad, por el fascismo e inoperancia de un gobierno dedicado a destruir, hace no tanto tiempo, el famoso balneario.

Fue un honor participar de la reunión número 800 de la Comisión Directiva del Almirante Brown. Ahí estaban junto a Naone, el Presidente Luis Descole, los Teodori, Coco y Coquito, padre e hijo, con quienes llegamos por primera vez a la playa de Puerto Piojo en 2015, y otros integrantes de la Comisión, como la Subcapitana Alejandra Corbetto y el Vocal Gabriel Traba.

El Zárate es la sede transitoria del CRAB, mientras sigue adelante su búsqueda de un nuevo lugar donde guardar sus botes e instalar una rampa por donde hacerlos bajar al agua. Es, desde hace un tiempo, un lugar de reuniones para los exhiliados del Club cuyos galpones se ubicaban al otro lado del Riachuelo, enfrente de La Boca, a orillas del desaparecido arroyo Maciel, entubado para construir la Autopista Buenos Aires – La Plata hacia 1970.

Desde 2007, el CRAB se propuso reunir de nuevo a los socios dispersos. Y dar una batalla que casi todos daban por perdida, la de recuperar la práctica de remo en el Riachuelo.

Las Expediciones a Puerto Piojo las empezamos hace unos años y las pensamos como otro frente imposible que también forma parte de la búsqueda emprendida por el CRAB, la del regreso al paisaje del río abierto y a la intemperie, disponible para quienes se acerquen a las orillas de la ciudad.

La reunión transcurrió entre recuerdos y planes para el futuro. Se habló de regatas pasadas y por venir, y de avances en la logística del Club, instalado hoy en la estación de Prefectura en Vuelta de Rocha, donde a falta de un lugar más apropiado pueden dejar a resguardo los botes que, cada fin de semana, bajan al agua a fuerza de guinches y manivelas.

En la charla, mientras se discutían posibles compras de nuevo equipamiento para el club, Coco recordaba los tiempos en que los militares habían empezado a hacer el relleno en la Costanera Sur, cuando recién se avanzaba en los primeros metros de terreno ganados al río mediante camiones llenos de escombros, y se había instalado una pista de remo al borde de la avenida, en lo que hoy es la Laguna de los Coipos en la Reserva: “De hecho, ahora hasta trataron de hacer ahí una sede para las regatas de los Juegos Olímpicos de la Juventud, que no avanzó porque salieron todos los ecologistas a pararlo, por no se sabe qué planta acuática que les puede hacer mal”.

Cuando hablamos de Puerto Piojo, Coco recordó que ya en su época era difícil llegar a la playa. Habían puesto una garita de vigilancia, y estaba prohibido llegar remando, pero los sábados y domingos no había prefectos e iban igual; los demás días dependía de quién estuviera a cargo, y en general se mandaban.

Gabriel, entonces, contó que él había visto una vez unos paisajes pintados por Lacámera de la playa de Puerto Piojo, o de la Playa de los pescadores, como le decían en esa época. Y recordó alguna otra pintura que había llegado a ver en un catálogo, con gente metiéndose al río a principios del siglo XX.

Así fue transcurriendo la reunión. Antes de despedirnos nos tomamos una foto como registro del evento.

Esa misma noche, enviamos un correo anunciando la suspensión de la 8° Expedición a Puerto Piojo, la Interrumpida.

Recibimos mensajes apenados pero también de aliento.

Entre otros, este de Seba Blejman:

“Como esta el país iba a ser la única alegría de esta semana

La gorra siempre igual.

 

Gracias x avisar. Nos veremos la proxima

 

SEBA.”

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