Volvimos a tiempo

Fue el sábado, en una comitiva especial reunida para preparar la próxima muestra del Museo Puerto Piojo.

Será en el Museo Comunitario de la Isla Maciel, el hermoso proyecto de recuperación de la historia y el paisaje de la Isla organizado por vecinos del barrio, junto a docentes de la escuela secundaria, museólogos y artistas.

Pero íbamos con dudas. Siempre fue difícil llegar a Puerto Piojo y, en realidad, nuestro último intento no había funcionado.

En diciembre, a último momento, la Prefectura y la Autoridad de Puertos nos rechazaron el permiso para ingresar. No pudimos llegar a la costa de Dock Sud, más allá del Canal y la Dársena, junto a la desembocadura del Riachuelo, donde se halla la última porción de la playa de Puerto Piojo.

Ahora, la visita la organizamos con tiempo y varias charlas en oficinas del Puerto para asegurarnos de llevar lo necesario, entregar las cartas donde correspondiera y demás pasos legales y administrativos que dejaran tranquilos a los oficiales a cargo de la seguridad.

El sábado, entonces, fuimos juntándonos desde temprano en una esquina de La Boca. Estábamos lxs integrantes de las Expediciones y lxs de otros muy diversos proyectos relacionados con espacios ribereños. Ahí estuvieron lxs amigxs del Museo de la Isla, de Barro Local, del Proyecto Martín García, del Club de Regatas Almirante Brown y del Proyecto Flora y Fauna, además de las hermanas Débora -autora de Inflamables– y Divina Swistun, y lxs compañerxs fotógrafos y naturalistas de la costa de Ensenada, Ricardo Cadenas y Guadalupe Carettoni.

Con ellxs hicimos el viaje rodeando el Canal Dock Sud, atravesando el puerto y su aire de abandono hasta las inmediaciones de la Dársena de Inflamables; de ahí pasamos junto a las líneas de tuberías del muelle propanero y atisbamos, entre los árboles, los buques estacionados en el acceso al Riachuelo, en la zona conocida como Cuatro Bocas, frente a la Isla Demarchi.

A lo lejos se recortaba la silueta de los edificios del centro de Buenos Aires. Era el camino de ingreso a la costa, con su mezcla de alambrados e infraestructura operativa, y matorrales crecidos hasta el borde del asfalto.

Seguimos a pie hasta la curva frente al río, el desnivel de varios metros donde queda en evidencia el origen artifical del terreno, cubierto de vegetación pero producido por rellenos y terraplenes. Los caños de una toma de agua instalada en una caseta se perdían entre el follaje.

Llegamos, entonces, al espigón de piedra, ahora cubierto de enredaderas y ricinos. Desde ese sector elevado se abría el frente del río y la playa de Puerto Piojo, a poco pasos por un sendero rocoso en descenso.

Esta vez la playa estaba cubierta de basura. El río, en marea alta, casi llegaba hasta la elevación final del frente costero, donde crecen los matorrales, termina el banco de arena y se acumulan escombros desde hace años.

Ahí nos quedamos. Fuimos a estar en la playa. A charlar con lxs compañerxs sobre sus proyectos, a pensar qué objetos nos llevaríamos para el futuro Museo Puerto Piojo.

Algunxs deambularon por la playa revisando la basura depositada en la arena por la marea. Juntaron cabezas de muñecas, sandalias de bebé y carcazas de triciclos. También había pedazos de cañería, de costura antigua, y un variedad de viejas baldozas y ladrillos reunidos, sobre todo por Santiago Fredes, del Proyecto Martín García, que aceptó nuestra invitación a exponerlos en la futura muestra del Museo.

Por ahí andaban Débora y Divina recordando las anécdotas de su tía, grabadas en un audio de Whatsapp, visitante de la playa de Puerto Piojo a fines de los ‘60, cuando iban con amigos y amigas a no hacer nada, tiradxs en la arena, charlando, equipadxs con sus Flechas de lona, sin sombreros, ni protectores solares, mucho antes del miedo a la insolación y el Agujero de Ozono.

También estaba Horacio Vañasco, del Museo de la Isla, recordando su adolescencia en la playa y las tardes cuando iban a tirarse de cabeza al Riachuelo desde el muelle de la punta de Maciel, sobre el Canal.

Horacio contó de una vez cuando llegaron remando en un bote hasta Puerto Piojo, y tardaron horas cuando quisieron volver, empujados por las olas que los dejaban varados en la playita.

En el espigón, algunos caminaron hasta el final, hasta la base de piedras arrumbadas, donde encontraron a un par de pescadores sentados de cara al río abierto, con sus cañas apostadas.

Desde que empezamos a venir a Puerto Piojo, era la primera vez que encontrábamos a otras personas en el lugar. El dato se prestaba a hipótesis y elucubraciones.

Guadalupe encontró unas verbenas de flores fusionadas entre sí, y alguien se preguntó si no serían mutaciones.

Pablo andaba con un micrófono grabando el sonido del viento.

En el fondo de la playa Roberto Naone, del Regatas Almirante Brown, nos llevó a mirar los restos de Moby Doke, la ballena varada en la playa el año pasado, cuyos restos custodió durante meses junto al arqueólogo Marcelo Weissel, en un intento por preservarlos para dejarlos expuestos en alguna institución de la zona, un plan que no propseró.

Carolina, Juliana y Carlos, de las Expediciones a Puerto Piojo, se preguntaban por el Museo a inaugurarse en abril en Maciel.

No muy lejos, se levantaba la explanada de piedras construida desde hace un par de años, donde va a levantarse la nueva planta de tratamientos cloacales de Aysa. Puerto Piojo se reduce, pensamos, y nos preguntamos cuánto tiempo permanecerá despejada la orilla del río.

Todavía con ganas de recorrer, despues de un par de horas emprendimos la vuelta. Pero seguimos por una calle hasta el Arroyo Sarandí, a visitar una antigua zona de paseo, donde funcionó hasta los años ‘70 un bar-almacén, junto a un recreo arbolado, hasta donde iban familias a pasar el día, y seguir por el camino de un puente de madera que permitía llegar hasta otra zona de playa en la costa del río.

Roberto Naone, del Regatas Almirante Brown, recordó al Club Atlántida, un antiguo club de remo que funcionó en el lugar hasta esos años, hasta que una sudestada se llevó arrastradas sus intalaciones de madera, “muy sencillas”, dijo, con orgullo difícil de disimular por la historia de su propio Club, ubicado no muy lejos de donde estábamos.

Hoy el lugar es un rincón inaccesible, ubicado en los fondos de Villa Inflamable, rodeado de instalaciones industriales y galpones, difícil de decir si abandonados o en funciones.

Antes de irnos llegó un camión devencijado. Estacionó de culata en el Canal y empezó una operación, quizás de descarga, con pocos papeles en regla a juzgar por el tono de amenaza del personal que se bajó a avisarnos que no tomáramos fotos.

Habíamos estado todo el día en la zona y después de un rato emprendimos el regreso.

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