Del Coloso a la SIAM. Caminata por el Riachuelo. Avellaneda.

El domingo 15 de julio a la mañana nos juntamos al pie del Coloso, en Avellaneda, a orillas del Riachuelo, para una nueva caminata.

Íbamos a andar por la orilla, bordeando el barrio de Piñeiro, hasta la antigua fábrica de la SIAM, la planta donde funcionó hasta los años ‘70 una de las sedes más grandes de la empresa, y donde pocos años atrás se habían vuelto a producir heladeras y televisores, después de décadas de cierre.

Era el día de la Final del Mundial. No había tráfico, el cielo estaba apenas nublado y el río era un espejo de agua marrón desteñido, donde se reflejaba un borde cubierto de pastizal.

En la garita del Puente Pueyrredón Viejo un par de agentes de Prefectura nos vieron llegar a pie, solos o en grupos, mientras se pasaban un mate.

La caminata iba a relevar la zona para buscar rastros del pasado industrial y portuario del Riachuelo. Nos rodeaban galpones y depósitos de arena; río abajo se levantaba el Puente Nuevo, un bloque de hormigón macizo con el tráfico incesante recortado contra el murallón de los silos.  

Para casi todos era una expedición a un paisaje entrevisto al pasar desde la ventanilla de un colectivo, a lo sumo leído en ensayos o novelas, y ni siquiera.

Los primeros en llegar nos quedamos asomados a la baranda, mientras otros inspeccionaban la estructura metálica del Coloso, con su placa de hierro con fechas grabadas sin orden aparente.  

A una de las gruesas piernas del gigante le habían arrancado un pedazo. En el interior hueco habían armado una cueva o refugio, donde yacían restos de una ranchada, maderas quemadas, hollín y pedazos de pan de una comida reciente.

Al rato dimos la bienvenida y le cedimos la palabra a Daniel Santoro, para la primera parada de la Caminata.

Incluso antes de empezar, la Expedición fue un recorrido mental. Santoro nos habló del Coloso, su Monumento al Descamisado construido a pedido de la Municipalidad de Avellaneda junto con el escultor Alejandro Marmo, y nos contó algunas de sus teorías y leyendas, provenientes de los tiempos fundacionales del peronismo.

El relato se centraba en las columnas de manifestantes del ‘45, provenientes del cordón industrial, empleados de frigoríficos, astilleros y talleres metalúrgicos, de otras zonas portuarias como Berisso y Ensenada, venidos en masa hasta el río para entrar en la Ciudad y ocupar la Plaza de Mayo para defender a Perón.

Pero el Monumento era, además, un vórtice donde se reunía la historia de los antiguos malones y asedios indígenas sufridos por la Ciudad desde su Primera Fundación.

Para Santoro, el Coloso era un Regreso del Malón. Era una mutación dilatada en el tiempo, proveniente de la famosa pintura de Della Valle colgada en el Gran Salón Nacional. Se dirigía, ahora, hacia el centro de la Ciudad en una marcha de un solo protagonista que traía en sus manos, como una ofrenda o una señal, la efigie de Evita convertida, mediante una hipótesis retrospectiva, en una de las Cautivas raptadas a fines del siglo XIX en su pueblo natal de Los Toldos, llevada a vivir a la comunidad indígena -como sucedía en el cuadro-, viajando por la pampa para ser protagonista, mucho después, de este regreso triunfal transportada en manos del Coloso, devuelta desde la Barbarie y la Periferia para formar parte de una nueva invasión al centro blanco de la Ciudad.

El Coloso retomaba el cruce del Riachuelo de los obreros en 1945 cuando muchos -según cuentan- se arrojaron al agua en botes improvisados para alcanzar la otra orilla después de que la policía levantara los puentes para intentar detenerlos, sin éxito.

Como las famosas patas en la fuente que los oberos introdujeron en la Plaza de Mayo traían los rastros de agua y barro contaminados del Riachuelo, el Coloso repetía la profanación, con su amenaza congelada en la orilla, dispuesto a dar el paso para cruzar el río arrastrándose otra vez por el lecho y llevar en sus pies  su suciedd hasta las aguas del centro.

En la visión de Santoro la contaminación se desdibujaba. Las luchas ambientales se ponían en duda. El cromo y el cianuro acumulados durante décadas en los barros del Riachuelo eran también una memoria donde se conservaban recuerdos como el de las camperas de cuero usadas por los militantes de las juventudes peronistas en los años ‘70, producidas gracias a esas mismas sustancias tóxicas utilizadas en las curtiembres de la zona para tratar el cuero crudo, y que Santoro recordaba con afecto para dejar una sospecha flotando. Entre la chicana y la ciencia ficción, la Ecología podía ser una causa espuria, dedicada a limpiar el mundo y trazar escalas de calidad desde un más allá donde no quedaba lugar para los sueños y deseos de los obreros.

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Al final partimos. Avanzamos en caravana por el borde del río y el Camino de la Ribera, rumbo a la SIAM.  

En seguida, pasamos por el predio del supermercado Carrefour, donde alguna vez se levantó, imponente según dicen, el edificio del Frigorífico La Negra, uno de los más grandes del Riachuelo, e incluso del continente, durante casi todo el siglo XX.

Hoy un prisma metálico alberga el mercado, rodeado de una inmensa playa de estacionamiento, pero hasta los años ‘70 el frigorífico había protagonizado la actividad industrial y portuaria de la zona.

Alguien habló, entonces, de Shoppy, la mascota del Shopping Sur.

En los años ‘80 el Shopping Sur inauguró en este lugar la moda de reciclar la infraestructura de fábricas en desuso, ya desactivado el puerto del Riachuelo, y en declive desde hacía décadas sus industrias.

De Centro Comercial con grandes marcas y patio de comidas a la americana, como se proyectó en sus primeros años, el Shopping, según cuentan, probó nuevos rubros, que incluyeron desde un Museo del Frigorífico y una granja educativa, con vacas y cabras, hasta uno de los primeros restaurantes de comida rápida Pumper Nic, y un boliche donde llegaron a tocar bandas como Virus y Sumo (Vía  Conurbanos).

Para los ‘90, el Shopping era conocido sobre todo por Shoppylandia, un enorme parque de juegos mecánicos adonde, según dicen, empezaron a llegar los juegos del recientemente clausurado Ital Park, y donde Shoppy, su anfitrión, encontró su hábitat natural mientras se paseaba -algunos cuentan que fumándose un cigarrillo- saludando y guiando a los chicos.

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Avanzamos por la orilla del río y seguimos recorriendo otros sitios donde la ciudad parecía detenida entre un pasado a la vista, y un presente todavía sin resolverse.

Pasamos, entonces, por el Viejo Puente Bosch, donde ocurrió la famosa caída del tranvía en los años ‘30 del siglo pasado, con sus pilares hundidos en el agua del Riachuelo, sobre los cuales se apoya su mecanismo levadizo.

Más adelante, el edifico de ladrillos de la vieja Cristalería Papini, con las señales a la vista de la obras de restauración y el cartel de su futuro destino como sede Universitaria y Municipal, entre sectores tapiados, andamios de obras y una estructura metálica agregada recientemente, como una ampliación a manera de prótesis de acero quirúrgico.

En ese punto el camino empezaba a arbolarse. Un murallón gris se extendía al costado durante cientos de metros. Era la sede del Club Regatas Avellaneda con su parque, dicen, también arbolado y ahora invisible gracias al muro, pero que hasta hace unos años se extendía hasta las orillas del río, antes de que se abriera el camino de la ribera al acceso público.

Unos cien metros más adelante llegamos a la vieja rampa del Club, por donde los socios en otros tiempos arrastraban sus botes desde los galpones cuyos techos a dos aguas alcanzan a verse todavía por encima de la pared, tras un portón que lleva años sin abrirse.

 

En la rampa nos detuvimos, bajo la sombra de un follaje de árboles antiguos. La plataforma de cemento estaba cubierta de musgo y comida por los años; desde los ‘80 dejó de usarse, y con Vanina Ragonese, del área de Turismo de Avellaneda, recordamos la historia de los primeros clubes de remo del país que abrieron sus sedes en el Riachuelo a fines del siglo XIX, a lo largo de Avellaneda, Barracas y La Boca.

Del otro lado del río, en la Ciudad, alcanzaban a verse sectores de viviendas precarias hechas con maderas y techos de lata. Estaban colocadas al borde del agua, algunas casi sostenidas por débiles pilotes para evitar que se deslizaran hacia el río; y a su lado, se extendía una baranda instalada en un tramo de camino parquizado, como un paseo a medio construir contra el fondo, a lo lejos, de más paredones en lo que parecía un parque industrial.

Algunas cuadras más adelante llegamos al Meandro de Brian, donde el río hace su curva en U, en uno de los últimos tramos de su curso antiguo, todavía cubierto por un cañaveral en las orillas, rectificado en todo el resto de su recorrido, pero aquí sin incorporarse todavía a la cobertura de cemento y asfalto de la Ciudad.

Enfrente se veía el amplio caserío de la Villa 21 – 24, con sus construcciones de aspecto inestable, de una mezcla de material, tablas de madera y chapas sobre terrenos elevados, hechos de relleno y basura acumulada a lo largo de los años, y extendidas hasta el final de nuestro recorrido.

A lo largo del camino seguimos bordeando el costado de predios ocupados por galpones y depósitos silenciosos, tras los cuáles se levantaba, cada tanto, alguna torre de agua y se llegaban a ver terrenos sin ocupar.

Al borde del río, anchas porciones cubiertas de pasto se mantenían despejadas entre hileras de árboles, y sectores vacíos donde la vista se abría, entre brotes de árboles plantados con sus guías de madera.

Ya alcanzaba a verse el tanque de agua de la SIAM sostenido en altura por columnas sobre el nivel de todos los edificios de la zona.

El predio de la fábrica incluía un primer gran sector con más de cien metros de antiguas instalaciones arrumbadas, con su equipamiento de tanques y tuberías oxidadas, dejadas al descubierto y con aspecto de haber soportado un incendio o una lluvia ácida. Más adelante, se levantaba el edificio restaurado, con varios pisos de una cobertura nueva de planchas de metal y un material plástico sobre la estructura antigua, que le daba un aire a gabinete de computadora, realizada en 2014 cuando un grupo inversor puso la planta nuevamente en operaciones.

Fuimos hasta la entrada y dimos por terminada la Caminata. Eran casi las dos de la tarde y la Final del Mundial también había terminado.  

Algunos nos quedamos charlando. Otros empezaron a volver.

Más allá se extendía el enorme predio de una aceitera abandonada, con su chimenea y los pisos de un edficio semi demolidos, como si hubieran empezado a tirarlo abajo y hubieran abandonado el plan a mitad de camino, quizás por falta de fondos, o por no tener decidido del todo qué destino darle al predio.

Muchos participantes de la Expedición se quedaron tomando fotos entre las ruinas y los montones de escombros cubiertos por el pasto.

Alejandra Rodriguez, de la Maestría en Estéticas Contemporáneas de la UNDAV, habló de las caminatas por zonas olvidadas de la ciudad en tiempos de Google Earth y de tantas experiencias cada vez más planificadas y controladas por las tecnología digital.

Antes de irnos alguien recordó las heladeras “a bolita” que hicieron famosa a la empresa SIAM – Di Tella. Y sus modelos de autos, que fueron el estándard casi obligatorio para los taxis de Buenos Aires desde los años ‘50.

Otrxs mencionaron los fondos aportados por estas y otras fábricas para financiar los centros de investigación y artes visuales, música y otras disciplinas en el Instituto Di Tella de la calle Florida, en los tiempos de Romero Brest, donde en los años ‘60 muchos artistas de la vanguardia de aquellos años encontraron un lugar para trabajar y difundir sus obras.

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POST DATA

Al momento de escribir esta crónica, la planta de SIAM se hallaba en proceso de desmantelamiento nuevamente, con una reducción de personal de 500 a 60 empleados (ver, https://www.pagina12.com.ar/155089-de-500-trabajadores-quedaron-60).

La planta había sido reinaugurada en 2014 por la empresa Newsam para retomar la producción de heladeras, televisores y otros electrodomésticos, según la tradición y lineamientos de la SIAM.

El día de la reinauguración de la planta de Avellaneda la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dio un discurso donde sostenía que la desindustrialización de la Argentina, que había llevado al primer cierre de la planta a principios de los ‘80, no se debió a la inestabilidad económica del país o del mundo, sino a “decisiones políticas claras y concretas de convertirnos en un sector, en un país productor de bienes primarios sin gran cantidad de valor agregado -y por eso sobraban argentinos-, o en un país únicamente de servicios, sin ningún tipo de valor agregado” (ver, https://www.cfkargentina.com/inauguracion-fabrica-siam-avellaneda/).

Foto: Kiwi Sainz

Dieciembre, 2018.

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